Burkini y fotodepilación

pesistapeluda

Pesista See Lee (Juegos Olímpicos de Londres, 2012)

     La semana pasada estuve en Isla Mágica. De 11 de la mañana a 10 de la noche. Tuve tiempo de protestar a la entrada, reventarme, marearme, montarme en una atracción de esas que nunca antes lo habías hecho por ser un gallina, de disfrutar por primera vez de una piscina de olas y… de ver a un par de musulmanas ataviadas con Burkini en dos sectores distintos de la zona acuática. Con sus hijos se encontraban ambas, y lo primero que pensé al verlas es que si se les prohibe el uso del burkini, se les está prohibiendo también en subsidiariedad que puedan ir con sus hijos a la piscina o a la playa. Después, casi inmediatamente, pensé que debía de ser un talibán por preocuparme de esas banalidades en lugar de rasgarme las vestiduras por tamaña muestra de machismo social y que no debería permitirse tal aberración. Se me pasó pronto este sentimiento último. Me bastó con echar un ojo en torno y ver a diestro y siniestro mujeres de toda clase social, edad y peso depiladas pulcramente desde el entrecejo hasta las falanges del dedo gordo.

     He leído mucho estos días del tema este del patriarcado, del machismo social, de la islamofobia… pero, en lo referente a los dos primeros puntos, prácticamente a ninguna mujer ni a ningún hombre les he oído mencionar ni de pasada el tema del vello, la estética y la silkepil (o como diablos se llame). Tal desmemoria o despiste me lleva a pensar en la asunción y normalización de los micromachismos (o macro) cotidianos haciendo que determinados árboles nos impidan ver el bosque.

     No es mi intención, desde luego, valorar la prohibición, la estulticia humana o asimilar el burkini a la depilación, pero sí tratar de objetivar las motivaciones a las que decimos (o casi mejor decidimos) acogernos a la hora de juzgar el uso del burkini, del hiyab o de los pantalones largos (que estuvieron mal vistos en mujeres hasta hace cuatro días porque no resultaban nada femeninos). Protección de los derechos de las mujeres, dicen, que están sometidas. En la piscina de olas y en toda Agua Mágica había dos mujeres con burkini y el 99,9% estaban depiladas (incluidas seguramente las dos del burkini, que los pelos en las mujeres son símbolo de impureza también para el Islam, en los hombres, no claro). Por mi parte, no conozco a ninguna fémina que disfrute con la depilación, más bien es una imperiosa necesidad social preestablecida desde tiempos atávicos (por el hombre, por supuesto) y que para muchas supone un fastidio sistemático y una pérdida de tiempo. Seguramente no habré sido yo el único en escuchar de unos labios femeninos aquella consabida sentencia de “¿cómo voy a ir a la piscina con estos pelos? (y no se refieren a los de la cabeza)”, o “no puedo ponerme el vestido, ¿es que no me ves las piernas?” (con ojos de espanto). El caso es que, a la mayor parte de los machos que nos consideramos no sexistas y no patriarcales, ni se nos ha pasado por la cabeza comentarle a nuestra pareja que deje de depilarse, que no pasa nada porque tenga más vello en los sobacos que yo en el bigote o porque su monte de Venus se parezca más bien a la selva amazónica. Está asumido, social y globalmente, que la mujer tiene que depilarse, de hecho, aunque en el antiguo Egipto y en otras culturas antiguas -por aspectos que no vienen al caso- era común que los varones también lo hicieran, la obligación moral, púdica, virginal y digna de pureza sólo se ha mantenido para las mujeres.

     En resumen, me gustaría denunciar a las mujeres que van depiladas a la piscina, a la playa, al médico, por las calles de nuestras rectas ciudades mostrando al mundo una y otra vez con ensañamiento una doctrina y un pensamiento patriarcales, antediluvianos, sexistas… Me atrevo a proponer incluso que cada vez que una mujer ose ir en bikini depilada, un par de policías la plaquen, de la forma que sea, y tapen con varias toallas todas las zonas sin vello, no vayamos a creer que depilarse es lo normal, lo preferido por mozas y señoras de toda edad y condición social y que así debe de ser porque lo ha sido de toda la vida. Lo que ha sido de toda la vida es que se les imponga a las mujeres lo que pueden o no pueden hacer, aunque sea la fotodepilación.

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Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.
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