Estamos en guerra

Poverty by go1985

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     En un arranque de sinceridad -por otra parte tan poco esforzado como introspectivo- y siendo fiel súbdito de aquella máxima esgrimida por Teresa de Ávila en la que afirmaba que “la humildad es la verdad”, debo compartir sin atisbo de orgullo que mi abuelo, como ya transcribí en otra ocasión propicia, era un desgraciado; para su propio dolor y el ajeno digamos que lo era, desde la primera a la última letra, en todos y cada uno de los sentidos que nos oferta la RAE. Como bien apuntaba sobre sí mismo Ricardo Darín en el filme “El mismo amor, la misma lluvia”, mi abuelo se convirtió en una suerte de escatológica farsa del Rey Midas: todo lo que tocaba se convertía en… mierda. No obstante, en otro copioso examen de honesta conciencia y obedeciendo de nuevo la pauta marcada desde un inicio, he de admitir el único recuerdo agradable que este ser, digno de compasión y de desprecio a partes iguales, me dejó en innumerables tardes somnolientas del estío cuando aún me sentía bastante más atraído por los soldaditos de plástico que por las virtudes teologales y cardinales del sexo opuesto.

Tras el almuerzo, mientras me rebullía sobre las sábanas y antes de que mis párpados se negaran a seguir abiertos, mi abuelo, tumbado al lado, me narraba casi al oído sus peripecias ancestrales durante y tras la Guerra Civil. Lo de menos era entonces conocer el bando en el que intervino -nacionales descubrí no mucho después aun sin comprender todavía qué quería eso decir-, sino quedarme con la boca y los ojos tan abiertos como un pez a punto de expirar fuera del agua. Sobre todo con la historia nada almibarada de ese obús que le explotó apenas a unos metros, sepultándolo de arena -lo que le salvó la vida-, dejándolo sordo y con una medalla al valor que nunca llegó a tener más allá de un papel amarillento que lo aseveraba por negarse a pagar un sólo céntimo para que le fuera entregada. No fue un acto de dignidad, no, sino de racanería. Después vinieron las mondaduras de patata, la sopa de pan duro, el reparto de leche en polvo en los colegios… Los desastres de la guerra. Como ahora.

      Cuando veo a Manoli después de doce meses en su rostro parecen haber pasado diez años. Marcadas a fuego profusas arrugas, ajados y tristes los ojos, brillantes por tantas lágrimas internas contenidas. Sonríe en una mueca espasmódica, pero cuando habla, inusitadamente para los que estamos acostumbrados a carecer sólo de lo prescindible, sobrevive en su ser una especie de esperanza.
– Volvemos a estar muy mal. Ahora viven conmigo mi hijo, mi nuera y mi nieta de once meses. No tenemos casi ni para comer. Estoy haciendo magdalenas con cosas que me dan para sacar algo de dinero; me entran ganas de comérmelas, claro, pero las llevo a las puertas de los Institutos, a la Escuela de Idiomas… Nos van a cortar la luz y no tengo ni ropa.
Su desesperación se mantiene contenida más allá de la humedad inconsciente que resiste a la caída en la zona baja de sus párpados.
– Si nos pudierais echar una mano, hasta que nos llegue alguna ayuda o nos estabilicemos. Lo peor es mi nieta; lleva cuatro días comiendo arroz hervido y machacado porque no tenemos otra cosa.
Sólo entonces Manoli se rinde. Ofrece su escudo, depone las armas y rellena de lluvia salada los huecos arrugados que surcan su cara y su cuello. Su escandalosa y espontánea ruptura también me desarma y por tercera puta vez en tres semanas, en idéntico lugar y en similares circunstancias, me he de acercar a una persona hundida y la abrazo pausada, largamente. Estamos en guerra.

Mutó la mondadura de patata en arroz hervido y no son ya rojos contra franquistas, pero la guerra civil en la que estamos abogados a combatir es mucho más cruda y miserable gracias a la crueldad exclusiva de uno de los bandos: ricos contra pobres, empresarios contra obreros, banqueros contra inquilinos… políticos contra el pueblo. Los obuses que lanzan con el metódico propósito de enterrarnos bajo la arena sin derecho a medalla se llaman participaciones preferentes, desahucios, recortes en sanidad y educación, despido libre, ayudas de emergencia a tres meses vista… Y el gobierno de la nación, a imagen y semejanza del desgraciado de mi abuelo aunque en esta ocasión tan sólo en la acepción más depravada del término, es como el Midas escatológico: todo lo que toca, heces.

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Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.
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2 respuestas a Estamos en guerra

  1. dulcesangrar dijo:

    Esta mañana tuve que recorrer una parte de mi ciudad de la que no soy asidua, pero la última vez que pasé por allí no estaba el kiosko de prensa que descubrí hoy…Brillante idea tuvo el señor(a) que decidió el nombre; “Buenas noticias”..Si hasta he llegado a pensar en una invasión extraterrestre…O que el señor(a) no lee los periódicos que vende…Porque eso no es optimismo, no..

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  2. Poverello dijo:

    Debe de estar mal informado el señor. Se va a hinchar de vender; lo malo será cuando la gente descubra que los periódicos sí son los mismos.

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