Poderoso caballero

Moneyfight

Money Fight

    La ex-primera ministra británica Margaret Thatcher soltó, como quien no quiere la cosa, una frase de esas que crean escuela para dolor de cualquier persona con la más mínima sensibilidad: «nadie recordaría al buen samaritano, si además de buenas intenciones no hubiera tenido dinero». Es obvio que no podríamos esperar sentimentalismos ni solidaridad de ningún tipo conocido o desconocido de labios de una política pionera en la privatización de todos los servicios públicos –incluidas, por supuesto, las ayudas sociales, la sanidad, la educación…– y cuyo conservadurismo y monetarismo han sido tomados, por aquella gente de arriba que le ha cogido el gusto a adueñarse de todo bien, como preceptiva vara de medir.

     En virtud de ello, no debería sorprender a nadie que aquellas señorías que se glorían de gobernarnos, e incluso aquellas que aseveran sobre la tumba de Trotsky que pertenecen a la más pura izquierda, recurran de manera harto profana e inconsciente al dinero como única alternativa a todos los males del mundo. El interior de la caja de Pandora permanecería del todo ignoto para la humanidad de haber sido sellado el cofre al completo con billetes de quinientos euros –en el caso hipotético de que existan–.

     Porque no hay que hacerles demasiado caso a los jocosos versos de Quevedo sobre el vil metal:

Y pues es quien hace iguales

al rico y al pordiosero,

poderoso caballero

es don Dinero.

     Cuando en realidad el dinero no hace igual a nadie por más que nos empeñemos en repetirlo tipo letanía porque parece que nos viene bien creerlo. El motivo es simple: al rico el dinero no se le va a acabar, entre otras cosas porque no suele ser fruto de su esfuerzo personal, mientras que al pordiosero le va a durar dos telediarios. Seguir leyendo

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“Cien niños esperando un tren” (1988)

100 niños     Ignacio Agüero lleva realizando documentales treinta y cinco años, así que mal seguro que no lo ha hecho. Los numerosos premios internacionales que han conseguido sus películas así lo confirman, como sucedió con el filme que nos ocupa, “Cien niños esperando un tren”, tercero de su filmografía y que ya radiografiaba muy bien los derroteros que iba a tomar la carrera del director chileno.

     “Cien niños esperando un tren” narra la puesta en marcha de un taller de cine con niños y niñas en una aldea de Santiago. Todo parece desarrollarse de la forma más natural posible dentro del contexto de un grupo de infantes que nunca han ido al cine, que apenas conocen el proceso de realización de una película y a quienes se les ofrece la posibilidad de crear los elementos clásicos del séptimo arte. El disfrute se palpa a manos llenas, pero lo que se mueve detrás de bambalinas, la pobreza, la desigualdad, el control social y la violencia ejercida sobre la población durante la dictadura de Pinochet no puede resultar más evidente. Tanto es así, que un simple documental sobre un taller de cine fue clasificado por el gobierno para mayores de 21 años; seguramente no llegó a ser censurado porque el régimen no andaba en horas de vacas gordas. No es baladí recordar que el mismo año de la realización de este documental, Ignacio Agüero formó parte del equipo de producción de la franja electoral por el “No” en el Plebiscito nacional de Chile, cuyo triunfo permitió las elecciones democráticas al año siguiente que desembocaría en la derrota de Pinochet y su consecuente salida del gobierno.

     Menos de una horita. A disfrutar.

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La pobreza se hereda

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Children And Violence, por axelle b

     Jony tiene su genio, pero no es mal chico. Siete u ocho años, pelo un tanto desgreñado y el rictus contrariado de aquél a quien le cuesta entender cómo aplicar lo que se le dice. Nervioso, de respiración agitada y condenado desde infante a formar parte de ese síntoma del TDAH, medio inventado por estudiosos y educadores para quienes todo lo que no sea que un nene de cinco años consiga quedarse cuatro horas sentado/amarrado del tirón en su silla de clase supone un trastorno, en ambos sentidos del término.

     El propio Jony –que vete tú a saber cómo escribe dicho nombre su familia–, cuando anda sin poder ni sentarse de las agujas que parecen pincharle en el culo, se pone a dar vueltas a buen ritmo por la sala de lectura desde que la monitora le dio esa opción una tarde que lo vio con toda la pinta de poder guantearle a algún compañero en un descuido, y la idea de cansarse y expulsar adrenalina obtuvo algo de resultado positivo. Sus compañeros del colegio, tan cuidadosos como suelen ser los niños a esas tiernas edades, lo llaman a él y a sus hermanas «los piojosos», apodo que tampoco debe de ayudar mucho al autocontrol y a las relaciones sociales y que, me atrevería a jurar sin por ello apostar mi brazo derecho, dudo que sea objeto de castigo o reproche por parte de la dirección del centro.

     A Jony le había tocado en la feria una pistolita de esas de moda que disparan unas bolitas de plástico poco generosas con el contrincante; arma nada desdeñable en manos de un niño con las dificultades de Jony, no hace falta haber estudiado en la Sorbona para haber visto más apropiado como regalo en el sorteo unos altavoces, unos cascos inalámbricos o un dónut de trapo impreso con la consabida sentencia tan archifamosa en estas últimas semanas. Pero no, fuera quien fuera el responsable de tal desatino, el asunto es que Jony se dedicó a dispararle dichas bolitas de plástico a propios y extraños en los soportales del patio, hasta que uno de los otros nenes se hartó, lo agarró por el cuello y comenzaron a darse de empujones y golpes de diferente consideración. Y como Jony tiene las dificultades que tiene, daba igual lo que tu boca le dijera, lo tranquilo que le hablaras, o que trataras de separarlo ayudado por sus amigas y que le hubieran quitado ya la pistolita de marras. La cara de Jony lo decía todo: gesto torcido, párpado derecho cerrado en especie de tic y la otra pupila fija en el arma de destrucción masiva que agarró en un descuido y comenzó a cargar de munición como si le fuera la vida en ello. Seguir leyendo

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“Emigrantes” (2006)

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Shaun Tan, por Stefan Tell

    Shaun Tan es un genio; puedo decirlo yo y que me hagáis caso, en un ataque irracional de confianza por parte de quienes leéis estas líneas, pero basta echar un ojo a su obra –ya sea medio bizco o con lupa– para que caigan de un plumazo todas las reservas. Además es un genio desde hace años, lo cual es decir mucho, pues no llega aún a los 45 años, pero como se estira poco, no creo que sus trabajos vayan a inundar nunca páginas webs ni artículos sobre ilustración o novela gráfica a pesar de los numerosos galardones que ha recibido a lo largo de su carrera profesional.

     Shaun Tan, aunque no lo parezca ni por nombre ni por facciones, es de nacionalidad australiana, pero de padre japonés, y desde bien zagal le dio por escribir y hacer garabatos, así que con el beneplácito de sus padres –fieles amantes ambos del arte y de la libertad expresiva de los infantes– olvidó gracias a Dios su posible carrera de ciencias para concentrarse en el dibujo y en la escritura. Y así, poco a poco, este escritor, ilustrador, dibujante, diseñador y director de cine de animación fue demostrando que podía desenvolverse con absoluta soltura en cada palo que tocaba. De los últimos pinitos, la creación y dirección de un corto de animación basado en una obra suya, «La cosa perdida», que ganaría el Oscar en 2011. Tan bueno el tipo, que hasta Pixar decidió contar con sus servicios para algunos diseños de la película WALL·E.

     A Tan siempre le ha dado un poco de coraje lo de encorsetar el arte. Él mismo señalaba en una entrevista que no entendía muy bien la clasificación de sus primeros libros ilustrados como literatura infantil, cuando en referencia a sus cuadros e ilustraciones surrealistas a nadie se le había ocurrido ponerles coto. Y ciertamente, admirando sus trabajos, como el maravilloso cuento “El árbol rojo” (2001), tal epíteto sería como meterle la cuña de infantil a la magna obra simbólica y política «Alicia en el país de las maravillas»; y hacerle una crítica despiadada bajo esos supuestos. Seguir leyendo

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